Jonathan Bree nunca ha parecido particularmente interesado en hacer música cómoda. El artista neozelandés, reconocible por su máscara, su profunda voz y una estética que juega constantemente con lo teatral y lo extraño, acaba de llevar esa idea a un nuevo nivel con Don’t Call It Love, su sexto álbum de estudio y el primero de su carrera concebido como un disco doble.
El resultado es una producción de 17 canciones que gira alrededor de la sexualidad, el deseo y sus contradicciones, pero que también funciona como una extensión del universo visual y sonoro que Bree ha construido a lo largo de los años.

Una banda sonora para el lado menos elegante de la noche
Don’t Call It Love se mueve entre el pop oscuro, el dramatismo orquestal y una estética cercana al cine noir. Los arreglos cinematográficos que caracterizan el trabajo de Bree siguen presentes, esta vez acompañados por una mayor presencia de guitarras y por su habitual barítono, que puede sonar tan seductor como inquietante.
Hay ecos de New Order, Siouxsie & The Banshees, The Cure y Grace Jones, pero el disco no parece interesado en convertirse simplemente en un ejercicio de nostalgia ochentera. Bree utiliza esas referencias para construir algo más incómodo: canciones que pueden ser juguetonas y seductoras en un momento y perturbadoras al siguiente.
Desde “Live To Dance”, primer sencillo del álbum con Princess Chelsea, hasta la canción que le da nombre al disco, el artista mantiene una estética deliberadamente provocadora que también se extiende a sus videoclips y al universo visual de la producción.

Una colaboración especialmente femenina
La sexualidad de Don’t Call It Love tampoco está construida únicamente desde la perspectiva de Bree. El álbum reúne a una amplia selección de mujeres vinculadas a la música, el cine, la fotografía y la danza, convirtiéndose en el trabajo más colaborativo de su carrera.
Princess Chelsea aparece nuevamente en “Part-Time Lover” y “Slow”, mientras Rachel Clarke participa en “Savour My Love”, uno de los momentos más oscuros del disco. La fotógrafa y artista francesa Eloïse Labarbe-Lafon también presta su voz a “Chameleon”, una canción que conecta con el legado de Jane Birkin.
En el tema principal, Bree comparte micrófono con la artista y actriz parisina Adah Dylan, cuya interpretación aporta una sensualidad despreocupada que contrasta con la voz grave del neozelandés.
La colaboración no se queda únicamente en las voces. La bailarina y artista de cabaret Bella Filbey protagonizó el videoclip de “Live To Dance” y aparece en la portada del álbum, reforzando la conexión entre música, performance y erotismo que atraviesa todo el proyecto.
Jonathan Bree no parece interesado en suavizarlo
Con seis discos en su recorrido, Don’t Call It Love reúne varias novedades para Bree: es su primer álbum doble, el que concede mayor protagonismo a las guitarras, su producción más colaborativa y también su trabajo conceptual más abiertamente relacionado con la sexualidad.
Todo esto encaja bastante bien con un artista que ha construido buena parte de su identidad alrededor de hacer las cosas a su manera. Incluso cuando la propuesta resulta extraña, exagerada o difícil de clasificar, Bree parece cómodo ocupando ese lugar.
Quizás por eso el título del álbum funciona como una declaración de intenciones. Don’t Call It Love habla de deseo, atracción, intimidad y vulnerabilidad, pero se niega a empaquetarlo todo bajo una palabra demasiado sencilla. Es un disco que prefiere quedarse en ese territorio mucho más confuso —y bastante más interesante— donde el deseo puede ser sensual, incómodo, divertido y oscuro al mismo tiempo.






























