La ultraderecha acaba de conseguir una victoria histórica en Alemania. Y una de sus principales figuras es una mujer lesbiana que vive con su pareja, nacida en Sri Lanka, y sus dos hijos adoptivos en Suiza.
Se trata de Alice Weidel, una de las líderes de Alternativa para Alemania (AfD), el partido de extrema derecha que obtuvo el 44 % de los votos en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt. Aunque todavía no tiene los votos suficientes para gobernar en solitario, el resultado abre por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial la posibilidad de que la extrema derecha llegue a encabezar un gobierno estatal alemán.
Y ahí aparece una contradicción que resulta especialmente difícil de ignorar para la comunidad queer.

Una mujer lesbiana al frente de un partido que defiende la familia tradicional
Weidel mantiene desde 2009 una relación con Sarah Bossard, productora cinematográfica nacida en Sri Lanka, y ambas tienen dos hijos adoptivos. La familia vive en Suiza.
Al mismo tiempo, la AfD sostiene políticamente un modelo de familia tradicional y ha defendido que la familia formada por padre, madre e hijos sea el principal referente de sus políticas familiares. De hecho, desde el propio partido han respondido a cuestionamientos sobre la vida familiar de Weidel afirmando que su situación personal no contradice la posición política de la AfD.
Pero la contradicción tampoco termina ahí.
La pareja de Weidel nació en Sri Lanka y fue adoptada por una familia suiza. Mientras tanto, uno de los principales ejes políticos de la AfD es endurecer las políticas migratorias y promover lo que el partido denomina “remigración”: un conjunto de medidas que incluye deportaciones de personas obligadas a abandonar Alemania, restricciones migratorias y el retorno de determinadas personas a sus países de origen.

El problema no es que una persona LGBT sea conservadora
Y acá hay una distinción importante.
Que Alice Weidel sea lesbiana no significa que tenga que defender políticas progresistas. Las personas LGBTIQ+ no pensamos todas igual, no votamos igual y no tenemos que cumplir con una ideología determinada para pertenecer a nuestra comunidad.
El problema aparece cuando una persona que forma parte de una comunidad históricamente discriminada ayuda a fortalecer un proyecto político que promueve políticas de exclusión hacia otras comunidades vulnerabilizadas.
La AfD plantea, por ejemplo, una fuerte reducción de la inmigración, controles fronterizos más estrictos y una política de retorno de personas que no tengan derecho a permanecer en Alemania.
Y mientras esas propuestas pueden afectar directamente a personas migrantes, también es importante recordar algo que la historia de los derechos humanos ha demostrado una y otra vez: las narrativas de exclusión rara vez se quedan en un solo grupo.
Cuando la exclusión empieza a normalizarse
La victoria de la AfD en Sajonia-Anhalt no significa que Alemania haya elegido un gobierno de extrema derecha a nivel nacional. Tampoco significa que el partido ya controle el estado: obtuvo 39 de los 83 escaños y necesita acuerdos con otras fuerzas para poder gobernar.
Pero el resultado sí marca un cambio histórico.
La AfD consiguió convertirse en la fuerza más votada en un estado alemán y quedó a las puertas de formar el primer gobierno estatal de extrema derecha desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Su discurso antimigración y nacionalista fue una parte central de esa campaña.
Y por eso esta historia también nos toca como comunidad queer.
Porque el debate no debería ser si una lesbiana puede ser de ultraderecha. Claro que puede.
La pregunta es qué ocurre cuando la identidad de una persona se utiliza como prueba de que un movimiento político es inclusivo, mientras ese mismo movimiento construye su proyecto alrededor de quién pertenece y quién no pertenece a la sociedad.
Hoy pueden ser las personas migrantes.
Mañana, las familias que no encajan en el modelo tradicional.
Después, quienes aman diferente, piensan diferente o simplemente son diferentes.
La identidad de una persona no vuelve inclusiva a una política. Y pertenecer a una comunidad no significa que un movimiento que también te incluye esté necesariamente defendiendo tus derechos.
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